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September 6, 2026

El Condor Pasa

 

"Alguma coisa acontece no meu coração,
 Que só quando cruza a Ipiranga e a avenida São João"                  Caetano Veloso, in Sampa
                       ["Algo sucede en mi corazón// Sólo cuando cruza las avenidas Ipiranga y  São João"]  

Para un buen momento en mi vida, yo no he tenido este miedo de ellos. Creo que durante décadas estuvieron tan distantes y poco conocidos, que me acuerdo vagamente solo de admirar su vuelo lejano en medio de cumbres andinos inalcanzables.

Cuando busco las causas para la transformación radical de mi sentimiento, nunca puedo encontrar nada. Muchas personas me han dado consejos para recordar las primeras imágenes que tuvo de ellos en la infancia, porque esas frecuentemente son ricas en temblores embrionarios. Por lo que serían estos, por ejemplo, al inicio de todos los miedos irracionales. No obstante, en mi caso no hay nada que se pueda conectar a la fuente de mi terror, salvo un hecho ridículo: un diálogo inocente sobre la pronunciación correcta de su nombre.
Paco, mi amigo peruano, que vivía en Sao Paulo, tan lejos de su país hacía ya mucho tiempo, me habló del espléndido vuelo de los cóndores. Casi sin acento, un experto en nuestra prosodia Paulistana, sin embargo, ha pronunciado 'cóndores', así poniendo el acento tónico en la primera sílaba, como es la forma correcta en español, pero un error conocido en portugués.
Empedernido sabelotodo, lo he corregido de inmediato:

"Se pone énfasis en la segunda sílaba, Paco: condôres, cóndores nunca".

Paco me respondió de pronto:

 "¡Necio! ¡Se llaman cóndores!".

Yo: --"En su idioma, sí, Paco, soy consciente de ello. Sin embargo, en portugués, ¡no! La                pronunciación correcta es condôr, nunca cóndor".

Hablando cortésmente, o pretendiendo actuar así, yo le dije, en ese momento, sólo estas pocas palabras y nada más. Pero aquél pequeño dialogo ha sido suficiente para que Paco reaccionara pronunciando su tan común, sin embargo, tan poderosa verdad. Esta misma obviedad que, de una vez y para siempre, provocó en mí la tormenta en torno al cual mis pensamientos incesantes no pueden alejarse.
Me ha mirado en los ojos, con su rostro de príncipe Inca y su cabecita negra, y, al mismo tiempo que mostraba un desprecio sutil y sarcástico, me ha tirado una perogrullada al decir aquello tan demasiado cierto, pero sarcástico e irónico. Sus palabras, sin embargo, fueron fatales para mí:
"En Portugal no existen cóndores."
Dejó claro, una vez más, lo inteligente que era, así como creativo y dueño de un fino sentido del humor. También se puso de manifiesto la fragilidad de mi
Inmediatamente me puse a reír a carcajadas. De esto surgió riendo mi terror. Esto que, minutos después, se asentó en mí con toda virulencia, para no dejarme nunca.
Paco no aparentó haberse dado cuenta. Quanto a me, sin decir una palabra más siquiera, he salido de su estudio, ya incapaz de mirar hacia arriba. Era como si se trataran de repente, cerca del centro de Sao Paulo, recién llegados desde sus cumbres andinas.
No tengo miedo de que me ataquen como lo hacen los falcones con sus presas. Eso sería estúpido, porque siempre supe que, a pesar de su tamaño, los cóndores no captan animales vivos. Mucho menos un ser humano vivo. Me temo, sí, de volver mis ojos al cielo, y por eso ser obligado a confrontarlos cara a cara. Con miedo de enfrentarme con su negrura y su apariencia, aquí, en medio de este montón de hormigón apilados en que se ha convertido esta megalópolis enorme y deprimente donde yo vivo.
Detengo mis paseos por breves momentos, sólo para poder mejor imaginar su vuelo por encima de los rascacielos, mientras que construyen sus nidos dentro de los apartamentos abandonados. A soñar despierto, soy capaz de verlos, sin tener mi mirada fuera de la tierra, revoloteando alrededor de las decenas de torres de radiodifusión sobre la avenida Paulista.
Cuando, por alguna razón, las personas preguntan qué me hace parecer tan desanimado, incluso en lugares tan cerrados como el subterráneo, yo trato de hacer oídos sordos, desconversar. Si insisten en el tema, digo que estoy un poco triste, ya que se trata, por ejemplo, de una postura típica de personas tristes. Pero eso es obviamente una mentira. ¡No hay tristeza en mí, porque mi terror no me nunca hace triste! Por el contrario, muchas veces me hace más alegre.
Me regocijo cuando aún aterrorizado, imagino este cóndor, que sin cesar me sigue por las calles, permanece así tan ocupado solo de mí. Tal vez todos los cóndores han volado a través de nuestro continente hacia el este, sólo para asustar a mí, y a nadie más. Oh, sí, pensar de esta manera me hace contente, y creo que he encontrado un sin número de prosaicas y cotidianas pruebas de la realidad innegable de la verdad de estos devaneos.
Yo soy el único que queda sin cesar mirando al suelo, ya al momento en que despierto, porque siempre duermo sobre mi espalda derecha, y parezco buscar algo por el alfombrado de mi habitación cuando abro los ojos.
A partir de estas observaciones, deduzco que los cóndores no causan ansiedad, miedo o pánico a nadie más que a mí. Por supuesto, a pesar de esto, no puedo tener certeza, de manera definitiva, de que no exista otro residente en Sao Paulo en situación igual a me.
Sería posible mismo que hubiera un sin número de otras personas, multitudes o incluso tal vez millones de personas como yo. Pueden ser todos los 22 millones de habitantes del Gran São Paulo. No tengo ningún dato para refutar esa terrible posibilidad, que sea, de que ahora todos los habitantes de este extraño metrópoli vivan en esta misma condición, todos en esta misma postura. Siendo imposible para mí volverme y mirar otros rostros humanos, no podré refutar de ninguna manera tan triste conjetura.
Mantengo en un rincón de mi mente, sin embargo, la convicción interior de que los cóndores han llegado a São Paulo sólo por mi causa. Migración en masa y definitiva. Me siento muy honrado y glorificado, y luego busco algún hecho pasado de mi vida que pudiera hacerme digno de esta elección de los cielos andinos.
En las noches cuando me puedo dormir, yo siempre sueño con que pierdo todo el miedo y miro su cara directamente. Sueño especialmente con este mismo cóndor que me sigue siempre por todas las calles, plazas y avenidas - el más hermoso y fuerte entre ellos. Él me habla en español, única manera que hemos encontrado para hablarnos porque yo no sé una sola palabra de su quechua:
---“No deberías aterrorizarte por nuestra simples existencia y migración en masa de San Pablo. Ni amigo, por el hecho de solo caberme a mi seguirte constantemente”.
Yo respondo a él que su existencia, o el mero hecho de que me siga sin descanso no me asustan en absoluto, y añado que mi único miedo es de verme obligado a enfrentarme cara a cara con él.
En realidad, sin embargo, tengo miedo, sí, de verlo lejos de mí, o de escuchar el fuerte ruido de sus alas portentosas, aunque sea muchos metros por encima de mí. Sin embargo, puesto que estas calles y avenidas son muy ruidosas, nunca escuché ningún ruido que pudiera atribuirse a mi cóndor. Y para mantenerme seguro contra un repentino inesperado silencio, incluso tan improbable, de las máquinas todas de esta megalópolis, he comprado un par de auriculares para protegerme, incluso más de las razones de mi pánico personal. Así equipado, empecé a vagar por las calles con los lunares negros en mis oídos.
Ya que no tenía conmigo ningún dispositivo para reproducir sonidos, algunas personas se quedaron perplejas al ver mi postura cabizbaja, con grandes auriculares. Tuve que decirles que era una receta para evitar el estrés de los ruidos urbanos, pero pocos dieron crédito a esta alegación. Así que, finalmente compré un smartphone con radio FM que nunca oigo. Mi aparición, sin embargo, se convirtió en menos excéntrica, y finalmente he podido tener alguna esperanza de que, aun mirando al suelo, no habría nada que diferenciara a me de lo que se considera un habitante normal de Sampa en estos días del siglo XXI.
Durante todos estos años de cabeza hacia abajo, he podido observar, en los breves momentos que desplazo el centro de mi atención de su figura negra y calva, que existe dentro de esta megalópolis un microcosmos de heces, cucarachas, ratas y basura de todo tipo. Pero pronto me refugio detrás de mi miedo intenso, haciéndome incapaz de ver nada relevante sobre el suelo de esta fea ciudad, en cuyo terreno las buenas semillas ya no brotan más desde hace muchísimo tiempo.
Yo no puedo darle la espalda cuello: yo estaría sujeto a entrever su sombra. Nunca la miré. Nunca me encontré con su enorme silueta en el suelo gris de esta monstruosa ciudad.
Algunas cuestiones clave se repiten en mi mente, me persiguen. Los cóndores, que ya viven en Sao Paulo hace décadas, están acá sólo para asustarme. Sin embargo, nunca he podido ver siquiera un pequeño vestigio de la sombra que proyectan mientras están a volar tan cerca. Ni siquiera de aquella de mi cóndor, el más grande y hermoso entre ellos, uno que jamás amanece fuera de mi ventana, y cuya función es seguirme incesantemente. Porque ni mi cóndor mismo no tiene permiso para dejarme ver, ni de forma rápida, su contorno que se proyecta en el suelo. Dejé de girar el cuello hacia los lados, tan pronto me he dado cuenta de las cantidades enormes de energía, hechos por mi cóndor, masivo como es su cuerpo, sólo para mantenerme lejos de su proyección en el asfalto. Como yo no busco por nada más, manteniendo siempre este impulso angular fijo único hacia abajo, sin mover en ningún momento mis ojos, se me hago seguro que mi cóndor ahorre el máximo de energía mientras vuela.
Voy a seguir viviendo en Sampa. No soy más capaz de salir de esta infernal megalópolis, mientras los cóndores permanecen en ella sólo por mí causa. Tampoco viajo o viajaré: traería graves problemas para mi cóndor, cuya familia vive en la parte superior de mi edificio, y come de la carroña que solo él captura durante sus vuelos sobre mi cuerpo.
Algunas personas, a quienes he susurrado en cartas mi terrible pavor, pero no mis certezas, me aconsejaron consultar a un médico. No, yo no creo que mi cóndor está enfermo, sea por el estrés físico o por la frustración crónica sobre las explicaciones siempre insuficientes que yo le doy, en los sueños, de mi miedo real.
No, mi condorito, yo no temo tus fantásticas presas a levantar mi cuerpo fuera de las garras de tierra, tan fácil que soy de agarrarse e ir de aquí, tan delgada es mi ser.
No temo ni un poquito que con tus poderosas alas me cargues para siempre de aquí, llevándome hacia tus altas cumbres andinas, flotando por el cielo azul de nuestra América. Todavía con menos miedo si pusieras a mí en tu nido, y me dieras para comer de eso que cacerías diariamente, teniendo cuidado de mí como fuera yo un condorito, tu hijo, depositario entonces de tus planos para que yo fuese idéntico a ti algún día, un otro navegante de los cielos de la cordillera donde viviríamos juntos.
No, ¡no son esas en absoluto los motivos de mi pavor!
Porque lo que me causaría, sí, horror mortal, es la mera visión de su vuelo tangible, concreto, crudo y exuberante sobre mí. Estaría muerto por sus penetrantes ojos, lanzando en mi cara pálida unas pocas verdades, ya que no soy capaz de volar, y yo estoy irremediablemente atado a este enorme laberinto de piedra. Laberinto hecho de pilotes amorfos de hormigón, mezclados de forma caótica con vidrio, plástico, asfalto, sólo para hacer muy firme esta construcción vacía en la cual se ha encerrado mi existencia. Y erigido sin orden, sin ninguna planificación en esta meseta baja para ti, demasiado fácil para tu nariz potente y tu vista exacta, en una tierra a que puedes llegar en pocos días de tu vuelo.

"Porque és o avesso// do avesso// do avesso// do avesso"
                                           Caetano Veloso,in Sampa

[Porque eres el reverso// del reverso// del reverso// del reverso"]

'El Condor Pasa'
es parte de la novela "A Última Coruja" (El Último Búho), publicada por amazon.com a finales de 2013, la cual se puede acceder mediante el enlace:
http://www.amazon.com.br/CORUJA-MINERVA-Marcos-Wagner-Cunha-ebook/dp/B00F17WEII/

Novela disponible también en inglés cómo "The Last Owl".

El Condor Passa (original em português)

 
Alguma coisa acontece no meu coração,

Que só quando cruza a Ipiranga e a avenida São João”
Caetano Veloso, Sampa. 
Por um bom tempo em minha vida, eu não tive este medo deles. Penso que por décadas me tenham sido tão distantes e pouco conhecidos, que apenas me lembro de admirar vagamente seu voo, tão solitário, por entre inalcançáveis cumes andinos.
Quando procuro as causas para tão radical transformação de meu sentimento, nunca encontro nada. Ouvi conselhos para tentar relembrar as primeiras imagens que dele tive na infância, supostamente ricas já em angústia em estado embrionário. Assim seria, diziam, no início de todos os medos irracionais. Não, porém, no meu caso. Nada há, que possa ligar à origem de meu pavor, exceto um único fato ridículo: um inocente diálogo acerca da pronúncia correta de seu nome. 
Paco, meu amigo peruano, vivendo em São Paulo, tão distante de seu país há muito tempo, falava-me do esplêndido vôo dos condores. Quase sem sotaque, exímio aprendiz de nossa prosódia, no entanto, pronunciou a palavra cÔndores, assim, colocando o acento tônico na primeira sílaba, como é a maneira correta em espanhol, mas um erro bem conhecido em português. Eu, assumido sabe-tudo inveterado, o corrigi de imediato: “acentua-se a segunda sílaba, Paco: condOres, nunca cÔndores”.
Paco retrucou: 
“Você se engana. Chamam-se côndores”.
Respondi:
“Em sua língua, sim, Paco, tenho ciência disso. Mas em português, não! A pronúncia consagrada é condor, jamais côndor”.
Polidamente, ou presumindo agir assim, eu disse, na ocasião, só essas poucas frases e nada mais. Foram suficientes para Paco proferir sua frase tão banal, mas poderosa. Essa mesma frase que, de uma só vez e para sempre, desencadeou em mim esta tormenta em torno da qual meus incessantes pensamentos não conseguem afastar-se.
Mirou meus olhos, com seu rosto de príncipe inca, com sua cabezita negra, e mostrando um desdém sutil e sarcástico, lançou-me aquela afirmação, aparentemente apenas tão verdadeira e irônica. Foi-me, todavia, fatal:
"Em Portugal não há côndores."
Deixou evidente, ainda outra vez, quão inteligente era, assim como criativo e dono de um fino senso de humor. Evidenciou-se, também, minha fragilidade de sabe-tudo.
Imediatamente pus-me a rir em voz alta. A partir desse mesmo riso emergiu meu pavor. Este que, minutos depois, se instalou em mim com toda virulência, para nunca mais partir.
Paco nada parece ter notado. Sem dizer mais palavra, saí de seu estúdio de fotografia, já incapaz de olhar para o alto. Era como se estivessem subitamente ali, próximos ao centro de São Paulo, recém-chegados de seus picos andinos.
Não temo que me ataquem como fazem os falcões com suas presas. Isso seria estúpido, pois sempre soube que, a despeito de seu porte, condores não capturam animais vivos. Tanto menos um humano vivo.
Tenho medo, sim, de dirigir meus olhos para o céu e assim poder encará-los de frente. Medo de defrontar-me com sua negritude e com seus olhares, aqui no meio deste amontoado de concreto empilhado em que se transformou esta gigantesca e deprimente megalópole em que vivo.
Paro minhas caminhadas por breves momentos, só para imaginar seu vôo acima dos mais altos arranha-céus, construindo seus ninhos dentro dos apartamentos abandonados. Devaneando, sou capaz de vê-los, sem tirar os olhos do chão, esvoaçantes às centenas ao redor das torres de radiodifusão do planalto da Paulista.
Se, por qualquer razão, me perguntam o que é que me faz tão desanimado e cabisbaixo, mesmo em locais hermeticamente enclausurantes, como o metrô, procuro fazer ouvidos de mercador, desconversar. Se insistem na questão, digo que estou apenas um pouco triste, uma vez que esta é, dizem, uma postura típica de uma pessoa triste. Mas isso é, obviamente, mentira. Não há tristeza em mim. Este meu pavor nunca me entristeceu. Pelo contrário, tantas vezes isso me faz mais alegre.
Alegro-me quando, mesmo aterrorizado, imagino que este condor, que incessantemente me segue pelas ruas, se ocupa tanto só comigo. Quem sabe tenham vindo todos, atravessando nosso continente no rumo leste, só para me amedrontar, e a mais ninguém. Ah, sim, pensar desta forma me faz feliz, e julgo ter encontrado inúmeras provas quotidianas e prosaicas da realidade inegável desses pensamentos. 
Sou o único a permanecer incessantemente com o olhar fixo ao solo, mesmo logo ao acordar, pois, sempre dormindo sobre meu mesmo lado direito, já estou olhando para o carpete do quarto quando abro os olhos. 
A partir dessas observações, deduzo que não causam ansiedade, angústia, medo, pavor ou pânico em mais ninguém além de mim. Claro que, apesar disso, não posso certificar-me, de forma cabal e definitivo, de que não exista outro habitante de São Paulo a viver em posição idêntica à minha. Seria até possível existirem inúmeros outros, talvez multidões ou mesmo milhões de pessoas como. Quem sabe todos os 22 milhões de habitantes da Grande São Paulo. Não visualizo nenhum dado empírico capaz de refutar a hipótese terrível que cada habitante desta estranha metrópole esteja agora a viver nesta mesma condição, assumindo uma postura idêntica. Sendo para mim impossível voltar a olhar para rostos humanos, não posso de maneira alguma refutar tão triste conjectura.
Guardo em um canto de minha mente, contudo, esta convicção íntima de que os condores vieram a São Paulo só por minha causa. Em maciça e derradeira migração. Sinto-me muito honrado e glorificado, e então procuro por algum feito passado, que pudesse fazer-me merecedor de tal escolha dos céus andinos.
Nas noites em que consigo adormecer, sempre sonho que perco todo medo e os encaro face a face. Sonho especialmente com esse que me segue tanto pelas ruas, praças e avenidas -- o mais bonito e mais forte entre eles. El Condor fala comigo em espanhol, a única maneira que encontrei para conversarmos, porque não conheço uma única palavra da seu quechua.
--“No deberias aterrorizarte por nuestra simples existencia y migración en masa de San Pablo. Ni amigo, por el hecho de solo caberme a mi seguirte constantemente”. [“Você não deve aterrorizar-se por nossa mera existência e migração em massa para São Paulo. Nem amigo, pelo fato de caber só a mim segui-lo constantemente".]
Respondo-lhe que sua existência, ou o mero fato de me seguir sem trégua não me apavoram em nada, e acrescento que meu único medo é vir a ser obrigado a encará-lo.
Na verdade, porém, temo também vê-lo à distância, ou ouvir o ruidoso ruflar de suas asas portentosas, mesmo que muitos metros acima de mim. No entanto, dado que essas ruas e avenidas são extremamente barulhentas, nunca ouvi qualquer som que pudesse ser atribuído a mi condor. Apesar disso, para manter-me seguro contra qualquer silêncio repentino, mesmo tão improvável, das máquinas da cidade, comprei um par de fones de ouvido para proteger-me ainda mais de meu pânico pessoal. Assim equipado, passei a vagar pelas ruas com bolinhas pretas em meus ouvidos.
Uma vez que não portava comigo qualquer dispositivo para reproduzir sons, algumas pessoas ficaram perplexas ao ver minha postura cabisbaixa, com enormes fones de ouvido. Tive que dizer a elas que se tratava de uma prescrição médica para evitar o estresse dos barulhos urbanos, mas poucos deram crédito a isso. Assim, finalmente comprei um smartphone com rádio FM, que nunca acionei. Minha aparência, todavia, tornou-se menos excêntrica, e pude, finalmente, ter alguma esperança de que mesmo olhando fixamente para o chão, não haveria nada a distinguir-me disso que hoje se considera um habitante humano normal de Sampa. 
Durante todos esses anos de cabeça baixa, venho observando nos breves momentos em que desvio o centro de minha atenção de sua figura negra e calva, que há dentro desta megalópole um microcosmos de fezes, baratas, ratos e lixo de toda espécie. Mas logo me refugio atrás de meu intenso pavor, tornando-me incapaz de ver qualquer coisa relevante sobre o chão desta cidade feia, chão no qual as boas sementes já não brotam mais.
Não consigo mais girar meu pescoço para trás: ficaria sujeito a vislumbrar sua sombra. Eu nunca a vi. Nunca me defrontei com seu enorme contorno sobre o solo sempre cinza desta cidade.
Algumas questões-chave seguem recorrentes pra mim. Os condores já vivem em São Paulo há décadas, só para me aterrorizar. Apesar disso, nunca me foi permitido entrever sequer uma sombra sua. Nem mesmo deste meu condor, o maior e mais belo, que amanhece sempre do lado de fora de minha janela, e cujo papel é seguir-me incessantemente. Pois nem mesmo mi condor tem permissão para me deixar visualizar, rapidamente, seu contorno projetado sobre o solo. Parei de virar o pescoço para os lados, logo que tomei ciência de que mi condor desperdiça enormes quantidades de energia, colossais como é, apenas para manter-me distante de sua projeção sobre o asfalto. Uma vez que não olho mais para nada, mantendo sempre fixo este único momento angular pra baixo, e sem mover os olhos de maneira alguma, sinto-me seguro de que pode assim economizar ao máximo seu bater de asas.
Prosseguirei a viver em Sampa. Não seria capaz de deixar esta infernal megalópole, enquanto os condores nela permanecem só por minha causa. Tampouco viajo ou viajarei: isso traria sérios transtornos para mi condor, cuja família habita o topo de meu edifício, e come da carniça que captura durante seus vôos acima de meu corpo.
Algumas pessoas, a quem segredei por carta meu medo terrível, mas não minhas certezas, aconselharam-me a consultar um médico. Não, não creio que mi condor esteja doente, nem pelo desgaste físico, nem pela frustração crônica diante das explicações sempre insuficientes que lhe dou, em sonhos, sobre meu verdadeiro medo.
Não, mi condorcito, não temo tuas garras fantásticas a me levantar o corpo do chão, tão fácil sou de se pegar e levar daqui, tão magro é meu ser. Não temo, nem um pouquito sequer, que tuas asas potentes me tirem para sempre daqui, para levar-me até teus altos picos andinos, revoando pelo céu azul de nossa América. Menos ainda temeria se me colocasses em teu ninho, e me desses a comer do que tu diariamente caças, a cuidar de mim como a un condorcito, tu hijo, Depositarias, então, em mim a confiança de vir a tornar-me idêntico a ti, um navegante dos céus da cordilheira onde viveríamos juntos.
A nada disso se deve meu pavor. Causar-me-ia, sim, um horror mortal, a simples visão de seu voo palpável, concreto, bruto, e exuberante sobre mim. Eu estaria morto por teus olhos penetrantes, lançando em meu rosto pálido umas poucas verdades, como que não sou capaz de voar, e que estou irremediavelmente atado a este enorme labirinto de pedra. Labirinto de pilhas amorfas de concreto, misturadas caoticamente com vidro, plástico e asfalto, certamente construído apenas para tornar vazia minha existência. E erguido sem nenhum tipo de ordem, ou de planejamento, sobre este planalto baixo pra ti, fácil demais para o teu faro e tua visão tão certeiros, numa terra que podes alcançar em poucos dias de voo.
"Porque és o avesso do avesso do avesso do avesso".             --Caetano Veloso. Sampa

September 2, 2026

Phobia or Reality?




El Condor Flies Over


"Alguma coisa acontece no meu coração
que só quando cruza a Ipiranga e a avenida São João"
                                   Sampa, by Caetano Veloso 
For a long time in my life, I had not this fear of them. I even think that there has been a time in which they were scarcely known by me, so distant they were. Most probably they have been even admired by me in those times. I search for the causes for such a feeling of mine but never find them. Some people advised me to recall the first images, supposedly plentiful of a vague embryonic angst. They said such was always the beginning of all irrational fears. But seemingly not in my case. At the origin of my woes, I am not able to find any notable fact except a single ridicule event: an innocent talk regarding the correct pronunciation of his name. Paco, my Peruvian friend, living in São Paulo so distant from his country for long, was talking to me about the splendid flight of the condors. Speaking Portuguese without any accent, he nevertheless pronounced the word CÔndores, so putting the tonic accent on the first syllable, as is the correct way in Spanish, but an evident mistake in Portuguese. I right away corrected him: "The accent must be on the second syllable, Paco: conDÔres and not CÔndores.'' ''You are wrong. Their name is CÔndores.'' ''If you are speaking Spanish or even English, which is correct. I am aware of this. But in Portuguese, the right pronunciation is another. We say condôr, never another way." Politely, or presuming to act so, I did speak only these few phrases and nothing else. Nevertheless, they were enough for Paco uttering his trite but mighty words. That same utterance that at once and forever disrupted everything, and which I have been repeating incessantly in my thoughts since then. He looked into my eyes, resembling an Inca prince with his cabezita negra and displaying a subtle and ironic disdain, he launched into my ears a just sarcastic utterance. This latter however revealed itself fatally for me:

              [End of Sample]

Can you guess what comes next? Look at these singular interconnected tales making up a single novel!

A Kafkian tale? This short story is part of the book below: 

http://www.amazon.com/dp/B004FGMTRC/ref=rdr_kindle_ext_tmb

Indivíduo e Realidade

Cada ser humano vem ao mundo como portador de um conceito, ou teoria, singularíssimo do que se chama de realidade. Do nascimento até o fim, o confronto com os fatos é a busca de uma confirmação ou negação dessa "rede de pesca" que lança pro oceano da vida, em busca de suas 'verdades'.

August 31, 2026

#Gaya #Pachamama and the Noah's Descendants

 

THE #EXTINCTION: "Earth provides enough for every person’s need but not for every person’s greed."   Mohandas K. #Gandhi You woke up from a prof...